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“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Esto significa que Dios tiene un propósito especial para cada uno de nosotros, nadie queda excluido. Mientras que algunos aspectos de Su propósito son los mismos para todos nosotros (glorificar al Señor y vivir para Él, etc.), esto incluye un destino especial para cada persona de acuerdo a los dones que Dios le ha otorgado y a cómo nos ha traído al mundo.
Pero la naturaleza de esta vida, quiénes somos en Cristo (bendecidos con toda bendición espiritual y completos en Él; Efesios 1:3; Colosenses 2:10) y nuestro último destino como creyentes en Cristo, debería impactar la forma cómo vemos lo que somos como individuos.
“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1ª Pedro 1:17).
“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1ª Pedro 2:11).
Si verdaderamente sabemos y obramos de acuerdo a lo que somos en Cristo, al por qué estamos aquí (como embajadores – residentes temporales) y al lugar donde vamos (nuestro destino eterno), deberíamos ser capaces de descansar y relajarnos mientras servimos y amamos a los demás, sin considerar el éxito de otras personas o la respuesta que obtengamos. Esto significa vivir la plenitud de Cristo y nuestra exclusividad: (a) una nueva identidad en Él, (b) la habilidad espiritual que viene por medio de Él, (c) el propósito individual del hombre para cada uno de los creyentes, por causa Suya y (d) las recompensas celestiales e imperecederas que vienen de Él. Observen la sensibilidad del apóstol por esto en los siguientes versículos, aún cuando él estaba siendo tratado con malevolencia y comparado con los demás.
“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno se hallado fiel. Yo en muy poco tengo el ser juzgados por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por esto soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1ª Corintios 4:1-5).
Creyentes maduros que saben quiénes son en Cristo, la razón de estar aquí, dónde yacen sus fuerzas, adónde se dirigen y su destino final y su recompensa –asuntos que deben imprimirse en sus corazones por fe—ya no dependerán más de los estándares del hombre para el éxito o en la respuesta de los demás para su felicidad, sentido de identidad o de valor. ¿Por qué? Porque están comprendiendo y aceptando por fe el valor que Dios coloca en sus vidas.
Por lo tanto, ¿tenemos una crisis de identidad cada vez que somos desafiados, cuestionados o rechazados de alguna manera, o cuando sabemos del éxito de otro creyente, o cuando somos incapaces de percibir el éxito que esperábamos o deseábamos? Si es así, ¿por qué? Tal vez porque estamos (a) buscando nuestro sentido de bienestar a partir de la respuesta de los demás, (b) o queriendo estar siempre en lo correcto, (c) o a partir de nuestra propia evaluación del éxito basados en los estándares de los hombres. Podría deberse a que somos dependientes de la respuesta de los demás o por la visualización de esa respuesta a: ¿Cómo luzco (apariencia)? ¿Cómo lo hago (desempeño)? O, ¿cuán importante soy (estatus o posición)?
Tal perspectiva no sólo es inmadura, sino que nos arruinará para el ministerio. Nos transformará de personas que sirven a personas servidas. Esta es la razón del por qué los hombres con frecuencia actúan con autoridad, o del por qué algunos temen delegar trabajos o responsabilidades, o del por qué algunos se transforman en ‘prima donna’.
En Juan 13:1s., vemos que Cristo sabía quién era, por qué estaba aquí y dónde se iría. Aún cuando era rechazado por el pueblo, estas tres cosas: ‘Quién’, ‘Por qué’ y ‘Dónde’ formaron el fundamento mental por fe y por Su habilidad de amar y servir a los demás. Cristo nunca buscó su sentido de identidad a partir de los hombres o de las comparaciones típicas del mundo.
«Mediten en esto: Cristo dejó la gloria eterna del Padre para sufrir la peor humillación de parte de una muerte humana vergonzosa. Sin embargo, Él nunca se quejó por haber abandonado la gloria que los otros dos miembros de
la Trinidad
mantuvieron. Si Él hubiera comparado Su rol en la redención con los que tenían el Padre y el Espíritu Santo, es posible que se hubiera sentido engañado. ¿Por qué Él —siendo igual que los otros dos miembros— tuvo que ser la escoria de la tierra?
Si Cristo se hubiera comparado con otros hombres (recuerden que Él fue completamente humano), podría haber pensado que era el mejor de todos. Aún así (increíble), ¡se convirtió en el más bajo! Cuando los discípulos se estaban preguntando quién desempeñaría la tarea del siervo, Cristo tomó una toalla y un recipiente con agua y... ¡les lavó los pies!
¿Cómo pudo rebajarse tanto Aquel que estaban tan alto? Una de las razones es que Él no se comparó con los demás, sino que sólo se preocupó de cumplir los estándares que había ordenado el Padre. “Me gozo en hacer tu voluntad, oh mi Dios”. Eso es todo lo que importaba».
Según los estándares del mundo, Cristo fue un fracaso miserable. Nació en un pesebre, creció en una despreciable pequeña ciudad de Nazaret, no fue a las escuelas aceptadas socialmente en aquellos días, vivió sin dinero y sin un hogar propio, fue juzgado y crucificado como un criminal y murió desnudo mientras los soldados romanos se jugaban su túnica, Su única posesión.
Ahora, un asunto importante para considerar: ¿Cuál es uno de los aspectos más ciertos de la madurez? Poseer un corazón y una mente de un siervo. Pero la servidumbre es imposible si habitualmente nos estamos comparando competidamente con los demás y buscando nuestro bienestar y éxito, comparándonos con otros hombres. Cuando esto ocurre, estamos pretendiendo ser servidos por nuestro ambiente —y con nuestro propio servicio.
Para ser un siervo eficaz y maduro, también debemos saber quiénes somos, debemos tener una identidad que derive de Dios y de sus estándares y debemos saber por qué estamos aquí, y tener un sentimiento acerca del destino y propósito que tiene Dios para nuestras vidas. Debemos servir con una visión de hacer la voluntad de Dios sin importar nada más y con una visión hacia los tesoros celestiales y sus recompensas, no las que se basan en las comparaciones humanas (1ª Corintios 4:1-5; 2ª Corintios 10:12).
Con respecto a nuestro auto concepto y a la madurez, el liderazgo y el ministerio, los creyentes espiritualmente maduros también viven con la visión de otro principio bíblico que es vital.
Ellos tendrán un alto nivel de confianza en Dios; tanto la providencia de Dios y Su presencia, llegan a ser la fuente de sus vidas y de su ministerio. Saber quiénes somos, lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer, es importante; pero sobre todo debemos tener confianza en el Señor, junto con el valor de seguir adelante. Esto es importante para el siervo y para quienes él ministra (Filipenses 4:13; 1ª Corintios 3:6s; 4:1-5; 2ª Corintios 2:14s). Ninguno de nosotros somos suficientes en nosotros mismos sin considerar quiénes somos; sin considerar nuestro entrenamiento, nuestras cualidades físicas, nuestra madurez espiritual o nuestros dones y talentos. Esto está maravillosamente ilustrado en 2ª Corintios 2:14-16; 3:4-6 y 2ª Corintios 12:9-10. Estos pasajes nos recuerdan que Dios puede emplear nuestras habilidades, de la misma manera que usó la mente entrenada y aguda de Pablo —ambos dones otorgados por Dios—; pero a veces Él nos da debilidad y allí obra en nosotros de algún modo para demostrar Su gracia y poder.
(5) Ellos desearán descubrir y corregir aquellas debilidades que puedan corregirse. Así como todos los creyentes tienen dones y habilidades otorgadas por Dios, también tienen debilidades. Algunas de ellas pueden ser transformadas y otras no. Parte de la madurez espiritual es descubrir aquellas que pueden ser cambiadas y después querer corregirlas por la gracia de Dios, mientras se aprende a vivir con las que no pueden ser cambiadas. Dios nos hizo de la manera que somos; no en nuestra pecaminosidad sino en nuestra hechura básica con limitaciones físicas e intelectuales y con nuestros dones y talentos. (Éxodo 4:10-13; Juan 9:1s; Romanos 12:3, 4; 1ª Pedro 4:10; Salmo 139:14, 15).
¿Cómo afectará nuestra vida el conocer este concepto? Esto no significa que debemos aceptar el pecado como una forma de vida o aceptar tendencias pecaminosas, hábitos o mediocridad. Significa que debemos hacer lo mejor posible con lo que Dios nos ha dado (1ª Corintios 15:9-10). Significa que debemos estar satisfechos con lo mejor nuestro y nunca codiciar las grandes habilidades de otros hombres. Sin embargo, debemos intentar cambiar lo que puede ser cambiado por medio de la gracia de Dos y de acuerdo a los estándares de
la Palabra
; no a los del mundo.
Por ejemplo, si físicamente estoy fuera de forma lo que me impide volar por las escaleras sin perder mi respiración, debo intentar recuperar esa forma a través de ejercicios adecuados y dieta. Si es posible mejorar el estado de mi mente a través de estudiar para la gloria de Dios y así aumentar mi habilidad para servirle, debo hacerlo. Si estoy en el colegio y puedo sacarme las notas máximas, debo hacerlo; pero si después de mucho esfuerzo, perseverancia y fidelidad, termino con notas que no son las máximas, debo agradecer a Dios y seguir estudiando. No debo sentarme por ahí y lloriquear por mi incapacidad o por la habilidad de otra persona.
La comprensión de este concepto, debe conducirnos a por lo menos cuatro pasos importantes;:
o Debemos agradecer a Dios por quienes somos: únicos y distintos con un mensaje a desarrollar (Efesios 2:10; Salmo 139:14; Romanos 12:3; 1ª Pedro 4:10).
o Debemos intentar saber le medida de nuestras fuerzas y desarrollar nuestras habilidades al grado máximo. En otras palabras, necesitamos ser todo lo que podamos de acuerdo a la obra creativa y providencial de Dios en nuestras vidas. Recuerden, cada uno de nosotros somos el producto de: (a) la obra personal de Dios, (b) Su dirección y provisión y (c) nuestra respuesta a Dios. Para saber cuál es la providencia y la provisión de Dios, compare Proverbios 16:1f; Marcos 4:8-20 y 1ª Corintios 3:5-7. Para saber cuál es la responsabilidad del hombre, compare Colosenses 3:17, 23; 1ª Corintios 10:31; 15:10; y 2 Crónicas 31:20-21.
Debemos intentar corregir y cambiar en nuestra vida lo que puede corregirse como buenos administradores de la gracia de Dios y de acuerdo a las directrices y estándares de
la Palabra.
Debemos aceptar aquellas cosas que no pueden cambiar, confiar en el designio del Señor y utilizar las fuerzas de otros que pertenezcan al cuerpo de Cristo. Nadie debería intentar ser un ‘hombre-show’.
Lo que no podemos cambiar: Algunas debilidades o deficiencias que no podemos cambiar; no son asuntos morales o problemas de pecado. Más bien, son lo que llamamos las incambiables. Hay ciertas cosas en nuestras vidas que no podemos cambiar y de las cuales podemos heredar ciertas limitaciones (cf. 1ª Corintios 2:1s; 2ª Corintios 12:5-10). En esto se incluye: ancestros, tiempo en la historia, raza, herencia nacional, género, familia, rasgos físicos, habilidades mentales (aptitudes naturales, limitaciones mentales y talentos), estatura física, habilidades e incapacidades, edad y muerte.
Lo que podemos cambiar: Esto es lo que llamaremos cambiables e incluyen cosas sobre las que algo podemos hacer. En algunos casos son temas de nuestra vida espiritual que en otros casos no serían temas en absoluto. Ya sean un tema que nos impide andar con el Señor o disminuye nuestra capacidad para ministrar, se convierte en un tema que puede cambiar. Los temas cambiables, son: peso, condición física, fuerza física, carácter espiritual o madurez, el conocimiento y su uso, vestimenta, postura, actitudes y puntos de vista, expresiones faciales, hábitos o patrones de conducta, habilidades, etc. Obviamente, todo lo que se opone claramente a
la Palabra
o a la voluntad moral de Dios, es pecado y requiere ser tratado por la gracia de Dios (Romanos 6:1s; Efesios 4:22s; Colosenses 1:9s; Proverbios, Salmo 119).
Conclusión
Existen dos grandes problemas que enfrentamos mientras intentamos apropiarnos de esta marca de la madurez cristiana:
(1) Nuestro orgullo —el espíritu de codicia y el deseo de reconocimiento público, fama y aplauso. Enfrentémonos a él. Este es un asunto espiritual. Básicamente es el no desear descansar en los propósitos que Dios tiene para nuestras vidas y no desear esperar Su evaluación (1ª Corintios 4:3-5; Proverbios 3:3-6; Salmo 37:4-6).
(2) La vara de medición del hombre y la escala de valores. Esto siempre ha sido un problema incluso en la iglesia, tal como lo podemos ver en 1ª Corintios 3 y 4 y también en 2ª Corintios 10:10-12; pero se ha convertido en un problema mucho más grave en nuestros días debido a los medios de comunicación modernos y a la gran notoriedad que reciben los hombres con tanta frecuencia. Nos enfrentamos al ‘síndrome de la superestrella’ y la gente comienza a comparar a sus líderes y a sus iglesias con aquella superestrellas. La vara de medición que usan no está ni cerca de
la Palabra
, sino que es la del mundo.
Naturalmente, esto a menudo origina: (a) desánimo —No impresiono a nadie; no soy lo suficientemente bueno o lo suficientemente inteligente, (b) apatía —Para qué intentarlo; nunca podría compararme con tal o cual, (c) temor —Fracasaré; simplemente soy incapaz de satisfacer las expectativas de la gente, (d) orgullo de sí mismo o de otra persona – síndrome de club de fanáticos —Pertenezco a tal o cual grupo (ver 1ª Corintios 1:12; 3:4) y (e) divisiones (1ª Corintios 1:11s).
Nuevamente llamaré su atención sobre el apóstol Pablo como una ilustración de un líder espiritualmente maduro que siempre fue capaz de ministrar a otros como un siervo maduro en las circunstancias más difíciles, como vemos en forma tan evidente, en los siguientes pasajes:
“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel. Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios. Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar nada más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros. Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sino nosotros reináis, ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros! Porque según pienso, Dios no ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas vosotros prudentes en cristo; nosotros débiles, mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados. Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (1ª Corintios 4:1-13).
“Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos. Pero nosotros no nos gloriaremos desmedidamente, sino conforme a la regla que Dios nos ha dado por medida, para llegar también hasta vosotros. Porque no nos hemos extralimitado, como si no llegásemos hasta vosotros, pues fuimos los primeros en llegar hasta vosotros con el evangelio de Cristo. No nos gloriamos desmedidamente en trabajos ajenos, sino que esperamos que conforme crezca vuestra fe seremos muy engrandecidos entre vosotros, conforme a nuestra regla; y que anunciáramos el evangelio en los lugares más allá de vosotros, sin entrar en la obra de otro para gloriarnos en lo que ya estaba preparado. Mas el que se gloría, gloríese en el Señor; porque no es aprobado el que alaba así mismo, sino aquel a quien Dios alaba” (2ª Corintios 10:12-18).
“Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana; pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición. Porque nuestra exhortación no precedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones. Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo. Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos” (1ª Tesalonicenses 2:1-7).
El lastre que no nos deja volar mas alto son limitaciones puestas por nosotros mismos que vienen disfrazadas de: excusas, justificaciones, pretextos, mentiras, disculpas, evasivas, escapatorias, miedos.
Muchas de ellas no son físicas ni tienen que ver con tu capacidad mental, tus dotes o tu talento sino esas ideas erróneas acerca de tu verdadero potencial y de lo que te es o no posible.
El peor enemigo es la conformidad ya que este engendra mediocridad y a su vez esta perpetúa el conformismo. El gran peligro es que la mediocridad es llevadera, podemos vivir con ella.
El conformismo es aquel que se apodera de tu vida. Sabes que no eres feliz con lo que eres, pero tampoco eres completamente miserable por ello. Estas frustrado con la vida que llevas pero no lo suficiente como para cambiarla.
v Excusas que pretenden explicar por que no hemos hecho lo que debemos hacer
v Miedo o pensamiento irracional que nos paraliza y nos impide actuar
v Falsas creencias sobre nuestras propias habilidades , las demás personas o el mundo que nos rodea , que no nos permiten desarrollar nuestro potencial al máximo
v Las justificaciones o argumentos que hemos utilizado para justificar porque estamos en donde estamos, ideas con las que nos hemos convencido a nosotros mismos y a los demás que la situación no esta tan mal.
Son escapatorias para eludir la responsabilidad de lo que debes hacer.
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