Los milagros eucarísticos son actuales

  1. eucaristia

Al escuchar la palabra Milagros Eucarísticos se viene muchas veces a nuestro pensamiento las manifestaciones sobrenaturales que Dios ha realizado mostrando su presencia real en la Eucaristía, las cuales a través de la ciencia ya han sido comprobados. El Cardenal Angelo Comastri, en su libro “Miracoli Eucaristici nel Mondo” (“Milagros Eucarísticos en el Mundo”), define los Milagros Eucarísticos como: “Intervenciones prodigiosas de Dios que tiene como fin confirmar la fe en la presencia real del cuerpo y la sangre del Señor en la Eucaristía”.

En diferentes partes del mundo se han registrado Milagros Eucarísticos comprobados por la ciencia y que nuestra iglesia los ha reconocido como tales, según Monseñor Raffaello Martinelli, oficial de la congregación para la doctrina de la fe, los Milagros Eucarísticos vienen a fortalecer la fe de los creyentes y de los no creyentes, son ayuda para la fe porque nos conducen a la Eucaristía instituida por Cristo y celebrada por la iglesia, haciendo vida lo que Jesús nos ha pedido como lo dice 1ª de Corintios 11,24: “Y después de dar gracias a Dios, lo partió y dijo: Este es mi cuerpo que muere en favor de ustedes hagan esto en memoria de mi”.

Nuestra Iglesia ha declarado la autenticidad de diferentes Milagros Eucarísticos que se han registrado a lo largo de la historia en diferentes partes del mundo, entre ellos Europa, India y América Latina. Uno de los milagros más antiguos, registrado en el siglo octavo es el de Lanciano, una pequeña ciudad de Italia que es testigo de un doble milagro, pues el pan se convirtió en carne y el vino en verdadera sangre.

Los diferentes Milagros Eucarísticos que se registran a lo largo del mundo y del tiempo no revelan nada nuevo, sino más bien nos hacen recordar que la Eucaristía es la expresión más grade del amor que Dios día con día nos puede dar.

Increiblemente los Milagros Eucarísticos a lo largo de la historia han sido manifestados a personas que tienen grandes dudas de fe o en algunos casos a raíz de sacrilegios cometidos que han generado un verdadero arrepentimiento y conversión.

Es maravilloso y conmovedor conocer las historias de cada uno de estos milagros, sin embargo es importante que aprendamos a discernir como un hecho actual y presente en la vida de todo cristiano católico, la gracia de poder ser testigos de ese impresionante milagro de amor en la celebración de cada misa, por muy monótona que esta parezca para algunas personas.

Y es que cada día, cada vez que se celebra la Santa Misa se da un hermoso Milagro Eucarístico, en cada Misa que se celebra tanto en el templo más grande con una infraestructura imponente como en el templo más humilde y sencillo en cualquier parte del mundo.

En el momento de la consagración el Sacerdote es el instrumento que el Señor utiliza para que se dé el Milagro de la transubstanciación, es decir, el cambio de una sustancia por otra: El pan en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre.

Al vivir este momento y ver con ojos del alma y de fe podemos experimentar manifestaciones diferentes y reales, incluso vivir el mismo cielo en la tierra.

Este es el testimonio de Fernando Granadino, líder del grupo San Juan de nuestra comunidad, quien experimentó de un modo muy particular las maravillas que Dios nos puede mostrar en la Eucaristía:

“Hace exactamente 14 años y a raíz de una revelación que Ernesto Moreno recibió, el Señor le dijo que había mucho desánimo a nivel de los servidores comprometidos de la comunidad y que era necesario liberarnos de ese desánimo a través de una oración de liberación.

Al llegar el momento en que mi pastor oró por mí, lo que descubrí fue que el desánimo en mi vida provenía de tener a Jesús más en mi mente que en mi corazón. A esas alturas de mi caminar yo tenía 8 años desde mi retiro de conversión y al darme cuenta de esta situación entendí porque había desánimo en mi vida. La oración me liberó de ese desánimo y nació en mí un enorme deseo de llenarme de Jesús.

A la mañana siguiente, al orar, comencé a sentir ese deseo tan fuerte de querer irme a confesar y así poder comulgar ya sin ese desánimo, y así lo hice, me confesé y al salir del confesionario me percaté que ya estaban en la comunión y me integré inmediatamente a la fila para tomar la comunión. Mientras caminaba, me comenzó a embargar un nerviosismo extraño, quizá era una ansiedad (santa) porque en la medida que me iba acercando al turno de tomar la Eucaristía, cada vez me ponía más ansioso. Era un sentimiento que no puedo describir con palabras. De pronto me di cuenta que iba llorando en la fila y no comprendía por qué me sucedía eso. Me llegó el turno de tomar la Eucaristía y cuando el sacerdote dijo: “El cuerpo de Cristo”, cerré mis ojos y pronto sentí en mi boca el cuerpo de Jesús.

Desde ese momento sucedieron cosas aún más extrañas y más extraordinarias, sentí que todo se nubló dentro de mí y mientras iba de camino a mi banca comencé a escuchar un hermoso coro, tan hermoso como nunca lo había escuchado, miré hacia todos lados de la iglesia para ver si habían feligreses entonando algún canto y me di cuenta que nadie cantaba. El sentimiento de paz era único y muy grande que me hacía llorar sin yo saber porque lloraba tanto. Llegué a mi banca, me arrodillé y solo recuerdo que no podía parar de llorar.
No sé cuánto tiempo pasó desde que me arrodillé, pero cuando pude salir de aquél estado como de gracia, levanté la mirada y ya no había absolutamente nadie en la iglesia, la misa había terminado y todo el mundo se había ido y yo ni siquiera había escuchado el final de la misa ni me había percatado del bullicio del final y de la salida de todas las personas… Me senté en la banca sintiéndome un poco desubicado y queriéndole encontrar una explicación a lo que había sucedido esa mañana a partir de las 6:30 am de ese día.

Al final de ese día, en mi corazón había un enorme deseo de querer volver a ir a la Eucaristía para tratar de sentir nuevamente aquella hermosa experiencia con mi Cristo Sacramentado. A la mañana siguiente fui a misa y aunque aquella experiencia ya no fue jamás la misma, cada mañana iba a misa con la misma expectación y deseos de recibir a Jesús Sacramentado, y así, con esa expectación y esos deseos iba cada mañana a misa hasta el día de ahora; ya son 14 años de ir a misa todas las mañanas para tener ese encuentro con EL PAN CAÍDO DEL CIELO.

Dos días después de haber vivido aquella única y maravillosa experiencia, se la compartí a mi pastor (Javier Houdelot) y lo que él me pudo explicar acerca de mi experiencia fue: Fer, lo que sucedió esa mañana fue que Dios encontró en ti una docilidad espiritual única para recibir a su Hijo por medio de la Eucaristía, y Dios permitió mostrarte por unos segundos el cielo, y ese coro que escuchaste era el coro de sus ángeles en el cielo. Toda esa paz que experimentaste es tan solo una milésima e ínfima parte de la alegría y de la paz que se experimenta en el cielo.
Doy Gloria y Honor a mi Padre Celestial por haberme permitido vivir esta experiencia”.

Sin embargo no todo hemos recibido la gracia de vivir experiencias extraordinarias al recibir la eucarística, pero podemos pedir al Señor que nos de ese privilegio no para creer, sino para que el amor a la Eucaristía sea más grande y deseemos cada día recibir el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, ya que el mismo Jesús nos dice en San Marcos 7,7-8 “Pidan y Dios les dará, busquen, y encontrarán; llamen a la puerta y se les abrirá. Porque el que pide recibe y el que busca, encuentra, y al que llama a la puerta se le abre”.