Desde que mi abuelita Juanita vivía, y la recuerdo con mucho amor, escuchaba decir entre los cristianos marianos: “Dios te lo cumplirá en su tiempo”; “Hay que esperar el tiempo de Dios”; “Para nosotros son años pero para El es un instante”
 
Cuando conocí a mi Señor, conocí a un grupo de 5 que no nos despegábamos: Mariño, Chico, Lupe, Luz y Roberto; la amistad se hizo tan estrecha entre nosotros que conocíamos todo lo que estábamos pasando en nuestras vidas y sobre todo, todo lo que Dios estaba ordenando en nuestras vidas y adentro de nuestros corazones. Fue cuando volví a escuchar: “hay que esperar el tiempo de Dios” , y recomendaciones como: “no le pidas que te de paciencia a Dios porque te mandará situaciones en las que tienes que esperar”.
 
En ambos momentos de mi vida yo escuche ese “hay que esperar el tiempo de Dios”con fondo de violines; con la escena de una persona cortándose las venas en un cuarto sombrío esperando en el tiempo; viéndome viejito con bastón con menos pelo y con lo poco que tuviera blanco; creyendo firmemente que ese “tiempo de Dios” era infinitamente largooooooooooooooooooooo y de muuuuuucha pacienciaaaaaaaaaaa.
¡El tiempo de Dios es perfecto! Porque es el tiempo que nos hace esperar para cambiar nuestro corazón; dejar que nos demos cuenta que su voluntad es de victoria para nosotros; entregarle por completo nuestra vida para hacer realidad todas sus promesas en nuestras vidas.
Entonces ¿porque le tenemos miedo a este tiempo de espera? ¡Porque debemos cambiar nuestra vida! ¡Y la carne lo sabe!!
Cuando reconocí a mi Señor (yo fui un recargado- hice por 2ª vez el retiro!!), mi vida era un desastre: comenzando por mi cerebro, no tenía prioridades ni orden en mi vida; era un desastre como cabeza de hogar, no por gusto me dejaron; era un desastre en mis finanzas, compraba lo que yo quería sin importar mis responsabilidades en el hogar; era un soberbio en mi área laboral, yo y solo yo sabía mejor lo que era perfecto para la empresa que trabajaba y nadie lo podía cambiar; con ese pensar sin reflexionar viví 2 años, uno de ellos con trabajo sin valorarlo y el otro sin trabajo. Dos años fue el tiempo de Dios, porque yo así lo quise …. !!!????
¿Como así chino? Dos años bastaron para que me diera cuenta que era: soberbio, egoísta, orgulloso, pecador, necesitado de Dios, mala cabeza de hogar, mal hijo.
Si tan solo me hubiera dado cuenta que “el tiempo de Dios” dependía proporcionalmente de “mi tiempo de cambio y entrega sincera” habría sido mucho más fácil.
El tiempo de Dios no es largooooooo, ni pesadooooo, ni tristeeeeee, ¡ES PERFECTO! Y como padre nuestro, él sufre con sus hijos, él quiere lo mejor para nosotros y vernos llenos de su gozo. Usted ¿qué le responde a su hijo cuando llega donde usted y le dice: papi ¡quiero una bici! Y usted le responde: en miiiii tiempooooo hijoooo amado! No, si no tiene dinero, planifica su gasto y se lo compra lo antes posible. La única diferencia es que su hijo está seguro que solo a usted se lo puede pedir porque solo usted, como padre, se lo dará; y si no lo escucha o usted se hace el sordo ante la solicitud de su hijo, éste no dejará de pedírsela hasta que se la dé.
Dios nos responde en nuestro tiempo ¡porque nos ama! Y este año me lo confirmó en dos lecturas: Is 30: 19 – “Pueblo de Sion, que vives en Jerusalén: ya no llorarás más. El Señor tendrá compasión de ti al oír que gritas pidiendo ayuda, y apenas te oiga te responderá.” Y lo confirma también en Is 58: 9 – “Entonces, si me llamas, yo te responderé; si gritas pidiendo ayuda, yo te diré: aquí estoy”.
 
Dios nos promete respuesta instantánea, pero como toda promesa tiene una condición, nuestra oración debe ser a gritos: con necesidad, con esperanza, con la certeza de que nos ayudará, con ansiedad, con constancia, con fuerza.
Así que, mi querido hermano, hoy sabes que “el tiempo de Dios” es perfecto; que es tan largo como el cambio que debes hacer en tu vida; y que si lo quieres de Dios en este instante ¡tu oración debe cambiar y debe ser como un grito de necesidad a Dios!
¡Dios esta con nosotros!
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