El poder de nuestras decisiones

  1. deciciones

Cuando Dios nos creó, nos dio muchos regalos, tales como el planeta maravilloso en el que vivimos y toda la creación, nos hizo a imagen y semejanza de Él, nos dio un nombre y probablemente, el regalo más difícil de entregar, nos dio el libre albedrío.

Debemos comprender que ese regalo traía aparejado para Dios mucho sufrimiento, pues que padre no sufre al ver que sus hijos se equivocan o se caen golpeándose, o sufren el fracaso. Que padre no sufre al ver como su hijo debe vivir las consecuencias de sus decisiones. Sin embargo, con ese regalo también venía gran alegría, pues como padre que es nuestro Dios, Él se alegra con nuestros triunfos, se goza con nuestras ocurrencias y se deleita cuando tomamos una buena decisión.

Dios nos entregó un gran poder, el poder de decidir, pero además nos ha dado el don del discernimiento, que nos asiste en cada decisión. Nosotros tenemos el poder de decidir.

Todos nosotros estamos constantemente tomando decisiones que afectan la forma como vivimos, buscamos la autorrealización, felicidad, placeres y satisfacciones, plenitud espiritual, alegría, aceptación, compañía, etc. Todos sin excepción tomamos decisiones orientadas hacia esas cosas que creemos nos llenarán.
Todas nuestras decisiones tienen consecuencias, que pueden ser buenas o malas. Nuestras decisiones pueden tener solo uno de los siguientes valores, pueden ser agradables a Dios o pueden ser contrarias a su voluntad. Tenemos que superar los términos neutrales respecto de nuestras decisiones en la vida, ya que nuestro Dios, no utiliza este tipo de términos, nuestro si debe ser si, y nuestro no debe ser no, o somos cálidos o fríos, pero nunca tibios.

Cuando estamos enfrentados con la toma de decisiones, debemos siempre juzgar la decisión y sus consecuencias por adelantado, guiados por el Espíritu Santo, que nos confirmará si nuestra decisión es acorde a la voluntad de Dios o si es contraria a ésta. Debemos tomar responsabilidad sobre nuestras decisiones, pues Dios nos liberó de la esclavitud del pecado, y parte de esa libertad es la facultad para decidir.

Si quiero adquirir un bien material, debo preguntarme, ¿Por qué lo quiero? ¿lo necesito? ¿tengo los medios para adquirirlo? Probablemente me encuentre con que lo deseo por vanidad, o por envidia, como un símbolo de estatus o como una negación de mi situación de vida actual. Si es así, la decisión agradable a Dios es clara, es preferible no adquirir ese bien, que envenenar el corazón por obtenerlo.
Debemos evaluar cuál es nuestra finalidad respecto de la decisión que tomaremos. Si buscamos alcanzar una satisfacción pasajera proveniente de un pecado. Nuestra conciencia se activa y nos hace saber que esa decisión no es agradable a Dios, sin embargo seremos nosotros quienes decidamos. Pero si nuestra decisión va enfocada a todas las cosas que nuestro Señor Jesús quiere para nosotros, tales como una vida en abundancia, alegría, paz, mansedumbre, dominio propio, amor, bondad, amabilidad, una vida plena en la fe, etc. Entonces nuestra conciencia nos hará saber a través de la paz en nuestro corazón, que nuestras decisiones están acorde a la voluntad deDios.

Todos los que en algún momento hemos decidido por el camino que a Dios le agrada, nos hemos encontrado con un rotundo NO, le pedimos a Dios paciencia y nos permite pasar el día en congestionamientos de tráfico, le pedimos alegría y nos llega la prueba, le pedimos dominio propio y todas las circunstancias se prestan para que flaqueemos, le pedimos una vida espiritual plena y sentimos que dejamos de percibir su presencia.

No es que Dios conteste que NO, es que nosotros escuchamos el SI de Dios en términos humanos como un NO. Dios contesta que Si, moldeando todas las circunstancias de nuestro entorno, de forma que estas sean el instrumento de nuestra edificación. Es a través de la superación de esas circunstancias que llegamos a comprender el verdadero valor de nuestras decisiones.
El hombre que decide orar todos los días, y cumple con su decisión, cuando llega el día en que no oró, añora ese encuentro con Dios y reconoce el verdadero valor de su decisión de buscar a Dios todos los días, en cambio al hombre que nunca ha tomado y llevado a cabo esa decisión, jamás sabrá valorarla.

La mujer que decide perdonar y amar a su esposo, cuando llega el día en que falla en llevar a cabo su decisión, valora los momentos en los que estaba cumpliéndola, llega a añorarlos, pues sabe lo que vale su decisión, ha visto y probado los frutos y sabe que son buenos.

Aunque los beneficios de una buena decisión son palpables de forma inmediata a través de la paz en nuestros corazones que proviene del Señor, los frutos de ésta la mayoría de las veces toman tiempo en verse. La firmeza y valor de nuestras convicciones será probada en el crisol de la prueba y por el paso del tiempo.

Dios nos dio un gran poder, el poder de decidir y ya no somos esclavos. Dejémonos guiar por el Espíritu Santo en todas nuestras decisiones. Busquemos ayuda, a través del buen consejo de nuestros hermanos en Cristo, quienes muchas veces serán instrumentos de confirmación de la voluntad de Dios en nuestras vidas y esforcémonos, sabedores que ese NO que hemos creído escuchar es un SI lleno de amor cuando las circunstancia son moldeadas por Dios para nuestra edificación.