Conversión sin compromiso o compromiso sin conversión

  1. compromiso

Todos los que somos hijos de Dios, hemos sido llamados a vivir una verdadera conversión, es decir un cambio de vida, dándole la espalda a nuestro pecado e iniquidad, para iniciar nuestro camino con una sola meta, llegar a la presencia de Dios.
La conversión es evidente en el cambio de vida de los hombres, que empiezan a luchar contra el pecado, a huir de la tentación y a frecuentar con un nuevo fervor las cosas de Dios. Capacitados por el Espíritu Santo, se avivan sus dones en nuestra vida, y de forma especial despierta nuestra conciencia a través del discernimiento que tanto tiempo estuvo ausente.

Además de los cambios de vida inmediatos, nuestra conversión genera nuevas actitudes, una de ellas es nuestra inclinación a la misericordia y al servicio.
La palabra de Dios nos enseña que el árbol se conoce por sus frutos, metáfora perfecta sobre los resultados de la conversión en el hombre, pues éste también se conoce por sus frutos.
¿Qué frutos? Los frutos del Espíritu Santo, que se traducen también en obras, puesto que no podemos tener fe sin que se refleje en nuestras obras y esas obras forman parte de nuestro compromiso de servicio con Dios: “En cambio, lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” Gálatas 5, 22-23a.

¿Puede existir la conversión sin compromiso? ¿Puede haber un converso que no dé frutos? La respuesta es SI. Desgraciadamente, muchos de nosotros a pesar de habernos convertido a Cristo, nos negamos a dar frutos. Vamos por la vida como siervos de Dios apagados, limitándonos a la ley del menor esfuerzo, a cumplir los requisitos mínimos, ocupados únicamente de alimentarnos pero sin compartir la enseñanza y riquezas que semana a semana recibimos de las homilías, asambleas, rediles, nuestro tiempo de oración y estudio de la palabra de Dios.
Conversos sin compromiso, nos dedicamos muchas veces a realizar un acto de presencia, y poco a poco caemos en el desánimo y la indiferencia, haciendo que nuestro lugar de descanso (Misa, Asambleas, Rediles, tiempo de oración y estudio bíblico) se convierta en una carga pesada.

La falta de compromiso proviene de una ausencia de conversión reiterada, es decir, de la falta de conversión diaria. Debemos recordar que en este mundo somos peregrinos de paso, y que nuestros enemigos son formidables aunque no invencibles, por lo que es necesaria una conversión diaria, un examen de conciencia periódico, evaluando nuestras conductas y actitudes, reconciliándonos constantemente y alcanzando la presencia de Dios cada vez que nos sea posible, para poder dar con abundancia los frutos del Espíritu Santo y vivir un compromiso de servicio con Dios que lleve esperanza al mundo.

Si no nos estamos convirtiendo constantemente, no debe extrañarnos nuestra apatía o indiferencia para con el servicio, en nuestra casa, trabajo, estudio, vida social y comunidad, puesto que estamos viviendo como convertidos sin compromiso.

¿Puede existir compromiso sin conversión? La respuesta también es SI.
Se puede generar en la vida de la personas un compromiso sin conversión, carente de espiritualidad, en el que el servicio y compromiso sirven para ocultar la íntima realidad espiritual.
No nos referimos a las actividades de caridad o beneficencia que se puedan realizar a través de organizaciones cuya finalidad es exclusivamente esa y no la espiritualidad. Esas entidades son una bendición en nuestro país y sabemos que su mérito es apreciado por nuestro Señor.

Nos referimos a hermanos que hemos olvidado que nuestro compromiso si no está aparejado por una conversión periódica, pierde su sentido y se transforma en una actividad más, perdiendo su valor espiritual. Siervos en la carne, haciendo lo que se nos pide, pero sin preparación en oración y ayuno, apoyándonos únicamente en nuestra experiencia pero carentes de brillo.

Algunos de nosotros olvidamos lo maravilloso que es sentir la unción de Dios en nuestro compromiso, la que solo puede sentir el corazón converso y dejamos de vivir una vida de entrega. ¿Cuándo fue la última vez que paró su rutina diaria y habló de Cristo con alguien necesitado?, ¿Cuándo fue la última vez que dobló rodillas por semanas antes de realizar un servicio? ¿Cuándo fue la última vez que se sintió como elegido de Dios para realizar un servicio? Si ha dejado de vivir a plenitud su compromiso, en su vida ahora es tiempo de conversión .

Si siente que a la fecha su compromiso con el Señor requiere de conversión, o que su conversión requiere de compromiso, tome en cuenta que el deseo de Dios no es regañarle, ni pedirle cuentas, pues Él no ha venido a juzgar al mundo, Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia.

Esa promesa de vida en abundancia se cumple en el corazón que vive de la mano de Dios, en un camino de conversión contínua y muriendo a sí mismo para que otros tengan vida.
Nuestro camino es sencillo, primero debemos hacer un examen de conciencia al día de hoy, con preguntas sencillas:
• ¿Cómo está nuestra conversión al día de hoy?
• ¿Sigo avanzando en mi camino de conversión día a día
o me he quedado estancado?
• ¿Cuándo fue la última vez que escuché la voz de Dios pidiéndome
que hiciera un cambio en mi vida?
• ¿Cómo está mi compromiso al día de hoy?
• ¿Sirvo al Señor con el mismo amor del principio?
• ¿He cumplido con mi compromiso?

Nosotros conocemos las respuestas. Ahora debemos pedirle perdón a nuestro Señor, y clamar su preciosa misericordia, arrepentidos de haber ofendido a un Dios tan bueno. Además de hacer una oración pidiendo perdón, debemos sellar nuestro arrepentimiento con la misericordia que proviene del sacramento de la reconciliación y hacer un nuevo compromiso de conversión continua con nuestro Señor.

Si queremos continuar por el camino de la conversión diaria y el compromiso, debemos comprender que no lo lograremos solos. Aprovechemos la bendición de la consejería, ministración o pastoreo, llenos de fe en que a través de nuestros hermanos escucharemos la voz del Espíritu Santo.
No tengamos miedo de pedir oración constantemente, ¿acaso no es más importante complacer a nuestro Señor que mantener un imagen?

Finalmente pidámosle a nuestro Señor Jesús, que nos toque nuevamente y nos de la fortaleza para cumplir nuestro compromiso en conversión constante y que nuestra conversión siempre genere obras agradables a Él en un verdadero compromiso de servicio.